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Un Paseo al Atardecer – A Daniel Paz

daniel sal

El hombre agarró el rifle calibre 22 y aunque no le gustaba la caza, en su recorrido por la finca, siempre encontraba algo en donde hacer puntería. Esa tarde encaró para la montaña de arcilla. Muchas veces de chico había encontrado pedazos de cerámica indígena y siempre supuso que de esa montaña habría salido la materia con la que se las construyeron. Aunque algunos vestigios que había encontrado sabía que procedían del Perú, del imperio incaico. Los trazos finos de los dibujos y la suavidad de la pieza, daba la pauta de que eran de más al norte. ¿Y cómo habrían llegado hasta ahí? Él sabía que en los tiempos antiguos, cuando su querido Vipos no era Vipos, mucha gente caminó por ahí. Gente que vendría del Valle Calchaquí a intercambiar con los pobladores del llano. Algunos de ellos venían del Perú y traían conocimientos sobre canalización, riego, sabían de siembras, de cosechas y del Cosmos. A los Incas les convenía tener buen trato con la gente del llano, ellos dominaban las montañas y no querían sorpresas en sus rutas del Valle Calchaquí.
Y el hombre con el rifle, esa tarde, en su paseo a la montaña de arcilla recordaba, imaginaba el funcionamiento de esa civilización.
¿Habrán amado a este lugar como yo? ¿qué habrán sentido cuando les informaron que unos seres inmensos, blancos, de cuatro patas y con metales, habían entrado al Cuzco? ¿Habrán pensado en volverse? ¿Habrán dudado en quedarse por esas tierras? La vida de aquella civilización se le presentaba en su cabeza. Muchas preguntas que surgen al tener tan poca información y al sentir que su hermoso Vipos había sido valorado por otras personas cientos de años atrás.
Subió la loma de arcilla y en la cima a lo lejos parecía que encontraba algo para hacer puntería, se acercó a la distancia para hacer un buen tiro. Agarró el rifle y apuntó. En el momento de gatillar sintió una voz interior que le decía que no dispare. Bajó el rifle y volvió a mirar.
–Es una lata de picadillo- pensó y nuevamente calzó el rifle sobre su hombro.
–No dispares- volvió a escuchar y volvió a bajar el rifle y volvió a mirar y corroborar que era una lata. Molesto, apuntó nuevamente y la voz interior repitió: -No dispares-. Hacía tiempo que se había dicho que tenía que darle importancia cuando escuchaba esas voces, esas advertencias que, a veces se nos presentan en la cabeza. Se acercó con paso decidido hacia la lata. Levantó el objeto que le pareció raro porque si era una lata de picadillo estaba abierta por los dos lados. Al tocarla se dio cuenta que era suave y de metal, y estaba ennegrecida. La frotó contra su pantalón y de a poco se fue destiñendo hasta que apareció el color del cobre. Era una lámina que estaba doblada y formaba un brazalete. El diseño que se veía era el del dios del maíz, Viracocha, que se representa con un ser que lleva una planta en su mano. La figura está ubicada dentro de un hexágono, con pequeños detalles en derredor. Estaba frente a un brazalete incaico, al tocarlo y ver el dibujo imaginó que sería de una persona que llegó de tan lejos y hace tantos años. La emoción le erizó la piel, la magia lo invadió. Lo tomó entre sus manos como cobijándolo y lo alzó al sol como si lo estuviera ofrendando al dios Inti.
Ese atardecer regresó para la casa caminando lentamente, en silencio y en comunión con la historia, el presente y la Pachamama que todo lo cobija.