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LLULLAILLACO

notas

Bajo el cielo estrellado salimos del campamento a 5.900 metros de altura. Nos miramos los tres que quedamos últimos y comenzamos a hacer lo que habíamos planeado. Ir juntos y despacio tratando de imaginar el camino. Estaba todo oscuro. De a poco comenzamos a calentarnos y el camino iba apareciendo. Las piedras estaban flojas y la montaña tenia pendiente. Le apuntamos a unos peñascos y en diagonal íbamos subiendo. A nuestras espaldas comenzó a clarear, del lado sur por el filo comenzamos a ver las siluetas negras sobre el fondo naranja del amanecer, a los otros montañistas que habían salido antes. El sol comenzó a salir y todos nos dimos vuelta para saludarlo levantando los brazos y se escucharon algunas exclamaciones.
Caminamos un poco más y nos reagrupamos. Uno de nosotros tenia los dedos congelados porque sus botas dobles estaban frías por haberlas dejado fuera de la carpa. Le sacamos las botas y le masajeamos los dedos de los pies, pero no llegaron a calentarse. Había que bajar, algún dedo se puede perder, pero la cumbre siempre va a estar. Bajaron dos. Los demás nos miramos y decidimos seguir. Uno se adelantó, los otros 3 continuamos despacio. Estábamos cansados, pero era temprano, la subida en la madrugada nos había consumido mucha energía. Hicimos una siestita y continuamos, las piedras sueltas ahora estaban rodeadas de hielo, estábamos a 6500 metros de altura. De repente apareció una lengua de hielo que descendía por la ladera inclinada de la montaña. Había unas huellas marcadas, donde podían calzar nuestros pasos. No llevábamos grampones y estábamos con sueño, un poco apunados y en un acto de coordinación los tres decidimos volver. Es un alivio, es quitarse un peso de encima, pero también es la frustración de no cumplir el objetivo que es la cumbre.
Las cumbres son una excusa, es donde se apunta, donde lleva el imán, pero todo es parte del viaje, de la expedición. En silencio disfrutamos la bajada, patinando por las piedras sueltas y comprobando lo inclinado que había sido el recorrido. Nos reencontramos en la carpa y una vez que estuvimos todos levantamos campamento y bajamos hasta la base a 4900 m.
Habíamos dejado la camioneta cuatro días y a esa altura no sabíamos cómo respondería. Lo impensado sucedió y la camioneta no arrancó. Le dábamos vuelta a la llave y no pasaba nada. Nos dormimos con la preocupación, pero con la esperanza que a la mañana arrancaría. No sucedió. Por suerte la otra expedición tenía un teléfono satelital y llamó al Tolar, desde donde una camioneta salió para rescatarnos. Llegó al atardecer. Uno de los lados de la cuarta la agarramos con alambre porque el perno no calzaba. Íbamos por el terreno irregular, con el motor apagado por lo que el volante estaba duro. La temperatura descendía el chofer de la otra camioneta manejaba con gran maestría se notaba que tenía experiencia. Cada tanto teníamos que revisar los alambres que con el frío se cortaban. Tocaba la bajada de Chuquilaqui con grandes precipicios al costado. Justo en la pendiente más peligrosa se nos cortaron los alambres, pero gracias a Dios los frenos funcionaron y pudimos frenarla contra la montaña. Pasaron 10 horas hasta que llegamos al Tolar entumecidos por el frio, con mucha adrenalina y muertos de hambre.
Las camionetas con computadoras como esta S10 modelo 2013, son un problema en los pueblos para arreglarla. Nadie sabía que le pasaba. Tuvimos que subir la camioneta en un camión de frutas y así llegamos a Salta. Desde Salta una grúa hasta Yerba buena.
Los viajes a la montaña están llenos de improvistos y la aventura no termina hasta que dormimos en la cama de nuestra casa. Nos mantienen alertas para encontrarle la vuelta a las diferentes situaciones. Nos hermana con la naturaleza. Con la fe. Con la aceptación de lo que sucede y sobre todo nos pueden servir para agrandar los lazos de amistad.
Fin