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Expedición a la montaña (primera parte)

lulla

Una expedición a la montaña requiere que muchas cosas confluyan y hay varias razones que empujan a que eso pueda concretarse. Una de ellos es llegar a la cumbre. Es el motivo convocante. Es el imán. Cada uno de los peldaños es igual a la cima. Hacer la logística, formar el grupo humano, planificar las comidas, preparar las carpas, las cacerolas, los calentadores, los vehículos que nos acercarán al lugar, son todos detalles que harán a la empresa. Ir a la montaña -dice un cura montañista- nos acerca a Dios y nos hermana con los cóndores…

El Llullaillaco es un volcán de 6739 m. de altura, es una da las altas cumbres que nos separan de Chile. El grupo arrancó de Yerba Buena y como un encuentro ecuménico los participantes venían de diferentes sitios, todos de origen tucumano, pero viviendo en otros lugares muy diversos, el Talibán en Capital federal, el Nico en Brasil, la Mariu en la India, Esteban en los Zazos, Eliseo en Amaicha y yo en Yerba Buena. Todos conocidos de antiguas andanzas, menos Mariu que resultó ser un gran aporte para poner la lupa en los detalles, cosa que por ahí nuestro estilo de subir montanas a veces es menos exigente.

Hicimos una noche en Santa Rosa de Tastil a 3.200 metros de altura, anduvimos por los alrededores, como para que el cuerpo se vaya aclimatando y caminamos por las antiguas ruinas que demuestran la gran cantidad de gente que vivía en ese lugar, fue la ciudad más grande en territorio argentino, antes de la llegada de los europeos. Desde allí nos fuimos a la base del Nevado de Acay. Llegamos en la camioneta hasta los 4.700 metros. Esa noche la lluvia, los truenos y la suave nevada nos hicieron comprender que nos estábamos metiendo en la cordillera. Al otro día caminamos despacio para aclimatar bien y llegamos a la cumbre que se encuentra a 5950 metros de altura.

Nos fuimos a San Antonio de los Cobres, donde nos encontramos con Esteban que venía de estar unos días en la montaña en un curso de escalada y ya estaba aclimatado. No sabíamos si encontraríamos agua en el volcán, cuyo significado es: llulla = falso y yaco = agua. Aparenta tener agua, pero no siempre la tiene. Nos proveímos de gas oil en los bidones y por hermosos caminos rojizos y puneños llegamos al Tólar Grande.

A la entrada visitamos los ojos de mar, y una vez en el pueblo saludamos a la Cacique, mostramos los permisos, compramos pan, hablamos con los baqueanos de la zona que nos decían que el clima iba a estar apropiado. Al día siguiente continuamos para la base del volcán. Cruzamos el salar de Arizaro. En el medio de la nada nos encontramos con un mojón del Instituto Geográfico Militar, y con una ruta asfaltada, que se dirigía a la mina La Casualidad que se encuentra abandonada. Subimos por la trepada de Caipe. Donde los precipicios inspiraron un par de gritos de uno de los duros montañistas. Otros sonreían nerviosamente sabiendo que la suerte estaba echada, había que acelerar y trepar no quedaba otra. Por suerte la Chevrolet S10 en ese momento se portó bien. Llegamos a Chuquilaqui, luego al paraje del Alemán Muerto (El Asesor N 79), y seguimos para la Ollada, ante la atenta mirada de rebaños de vicuñas que eran interrumpidas en su mágica soledad. Llegamos al salar del Llullaillaco, donde tuvimos que pedir permiso en una nueva mina para poder cruzarlo. Es raro que el chileno que la administra nos de la autorización. Se está llenando de minas que contaminan. rompen los caminos, se llevan las riquezas y no dejan regalías. Nos conformamos con el empleo que se le da a algunos de los pobladores de la zona. Cosas que están pasando en estos días en nuestro país con las políticas implementadas.

Atravesamos el salar del Llullaillaco y luego subimos por la falda de la montaña hasta los 4900 metros del campamento base. Era el atardecer, aprovechamos a reponer el gas oil en la camioneta y armar las carpas. Al rato llegó una expedición de 4 argentinos, 3 bolivianos llevando a 4 franceses.

Se sabe que allí en la base hay un cementerio y es oportuno recordar que el Llullaillaco es una montaña sagrada para lo visión incaica y que en su cumbre se encontraron 2 niñas y un niño momificados. Una expedición de la National Geografhic, con algunos arqueólogos argentinos las bajó, idea que no fue apoyada por los pobladores de la zona. Todos los años, en marzo se hace una peregrinación de desagravio a la base del volcán. “Los tendrían que haber dejado que sigan descansando ahí arriba”, nos decían en el Tólar.

La carpa para 4 personas tenía problemas con el cierre. La otra era de 2 personas.

De mañana arrancamos la caminata, casi al mismo momento que los porteadores de la otra expedición, 3 de ellos eran de Tólar y tenían bien clara la senda. Había que ir hasta los 5.400 metros ese día. Lentamente fuimos acariciando el ríspido volcán. Cada uno en su interior también va caminando la montaña, de a ratos nos juntamos para preguntarnos como estamos, para comentar algo del camino y luego continuamos cada uno en la suya. Subir esta montaña es como trepar una catedral donde en cada paso una va obteniendo diferentes vistas y va agradeciendo todas las cosas que lo han llevado a permitir tener esa experiencia. En un recodo de la montaña aparecieron unos penitentes que como glaciares forman lenguas de hielo. Para sorpresa nuestra es cálido adentro de estas formaciones, porque la luz que refracta hace levantar la temperatura. Nos acomodamos entre ellos dentro de las formaciones, nos tomamos unos exquisitos mates con diferentes hierbas que amenizaron el momento. Aprovechamos para caminar por los alrededores y comprobar que la aclimatada estaba bien. Antes del anochecer cada uno en su bolsa tratando de descansar.

Continuará.