¿Qué estas buscando?

Andrea

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Un día logró perderse. Amaneció con la idea fija, segura de haber encontrado la mejor manera de hacerlo, ese día abriría la puerta, iba a irse lejos de todo lo conocido, caminar por horas, tal vez, tomarse un tren un colectivo y hasta correr si era necesario, todo lo que hiciera posible su pérdida. Pensó que una vez lejos, cuando no reconociera las calles y las esquinas le parecieran extrañas, le sería fácil darse por perdida.

Las ganas las tenía desde chica, cuando algo le molestaba caminaba a paso firme al galpón del fondo. Ahí, entre las herramientas de su padre y el olor a perro mojado, se sentaba en un rincón muy cerca de la salamandra que hacía años había dejado de usarse. Ella decía que se arrumbaba igual que un objeto viejo, para pasar desapercibida. En esos momentos de enojo cerraba los ojos he imaginaba que podía volverse sombra y escapar por las rendijas, por debajo de las puertas, por entre las cortinas. Esos entrenamientos cotidianos fueron muy eficaces, tanto que llegó a pensar que podía desdibujarse, como volverse aire y sentir que no podían verla. Desdibujarse hubiera sido perfecto para extraviarse, ir  borrando de a poco su cuerpo, sin tener que irse.

Andrea llevaba el ceño fruncido la mayoría del tiempo, y los puños cerrados como en protesta. Vivía pensando como irse, y aprovechaba cualquier ocasión para probar tipos de escapes.

A veces, en las siestas caminaba por la casa de una habitación a otra, de la cocina al baño, del baño al comedor, a la cocina, a la habitación, a la galería y otra vez mezclando el recorrido probando si  podía perderse dentro de su propia casa. Pero no lo lograba, entonces dejaba de dar vueltas y se sentaba en la cocina mirando fijo la puerta e intentaba abrirla mentalmente para luego imaginarse que se deslizaba como un fino hilo, de a poco hasta la vereda.

Andrea tenía el alma estrujada, había nacido así, como si el nacer le hubiera costado la alegría. Cuando se levantaba por las mañanas, no muy temprano, salía del cuarto y se paseaba por las habitaciones de sus hermanos y los miraba uno por uno tratando de encontrar el mismo gesto de pena que la acompañaba. No encontraba nada, solo placidas caras de ojos cerrados. Eso la enojaba y volvía como una ráfaga al cuarto y se hundía en la cama pensando que podría volverse blanca entre las sabanas.

En verano salía al patio y daba vueltas entre las plantas, enredándose en los rosales y a veces se quedaba quieta contra la tapia cerrando los ojos con fuerza a la espera de un indicio de evaporación de su cuerpo, como eso no funcionaba se metía a duras penas en los ligustros pensando que podía volverse verde y confundirse con las hojas.

Andrea tenía miedo de encontrarse todo el tiempo, de mirarse a los ojos y verse. Después de buscar el escape en el encierro, la mudez y las vueltas sin sentido en el patio se dio cuenta que solo era cuestión de irse, salir por la puerta y alejarse. No llevarse nada, para que nada la atase y dejar su nombre colgado tras la puerta, para que en caso de arrepentirse ni ella pudiera buscarse.

Esa  siesta salió decidida a irse, llevaba un vestido amarillo y unas sandalias de flores, el rostro ido, como si, a sabiendas que iba a perderse ya hubiera armado un gesto acorde. Tenía los ojos huecos de ausencias. Camino calmada los primeros metros y su espalda fue desapareciendo detrás de los naranjos de la vereda, y comenzó a desdibujarse en la distancia, como un olvido.